martes, 15 de mayo de 2012

Dejarse domesticar



Desde la primera vez que resonaron en mi los diálogos del Principito y el zorro, me quedé impactada, cómo aquél que había vivido en un entorno particular y peculiar, que sabía lo que era amar a su rosa, que comprendió tantas cosas de la vida y de las personas, llegó a encontrar a este zorro, esquivo, solitario, algo huraño, desconfiado, de tal vez pocos o ni un amigo, deseó conocerlo, entenderlo, acercarlo y luego dejarlo.

El zorro se lo anticipó, casi como queriéndose proteger, si me dices que a esta hora vendrás, desde antes yo ya estaré esperándote, anhelando verte, encontrarte, escucharte…éstas hermosas palabras tienen tanta alma, tanta verdad, tanta vida…cuánta razón tenía ese sabio zorro…creo adivinar ese miedo que tuvo que vencer, para desnudar su ser a un extraño que lo llamaba, que le quería conocer.

El pequeño príncipe anhelaba esa relación y el zorro se la regaló, venciendo sus temores, arriesgando su propio ser, porque ya no iba a ser más el mismo, sabía que habría un antes y un después, se iba a dejar domesticar, le enseñó a ese extraño a entrar en su vida, éste noble y valiente gesto del zorro, nutrió al pequeño príncipe, de una vivencia que hasta entonces le era desconocida y se llamaba amistad y le iba a acompañar desde entonces y a lo largo de toda su vida.

Amaba a su rosa, ahora tenía un verdadero amigo, el que había aprendido a domesticar, terminó siendo también domesticado. Sólo una cosa me ha quedado a lo largo del tiempo clavada como un acero en el alma….¿cómo sería aquel día, en que una hora antes y sin poder evitarlo el zorro se preparara para el encuentro con su amigo que nunca más iba a llegar?


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