La rosa, su rosa, ese tesoro
maravilloso que tenía junto a él, no importó que hubiese mil más similares o
aparentemente iguales a su rosa, aquella siempre sería única.
¿Qué la hacía tan especial a su
mirada?
Ella llevaba en el centro, donde
nacían sus pétalos, el tiempo compartido, las miradas intercambiadas, los
silencios habitados, ese gastar las horas simplemente en estar junto a quien te
enseña a descubrirte y se descubre ante ti.
Su intenso color, era la pasión del
amor que infundió cada mirada, que le dio vida, era también el color del alma
de quien la soñaba aún en las ausencias, cuando por otros rumbos iba y no la
podía ver, ella se alzaba bella, majestuosa, sencilla, verdadera, en sus
pensamientos y recuerdos, evocándola, acercándola a su caminar, convirtiéndola
en compañera inseparable de sus pasos.
Más una cosa era particularmente
especial , distinta de las otras rosas, ella era suya, su sabia se había
vertido en su alma y corría con fuerza por sus venas. Cuenta una leyenda que
una vez y sólo una vez, cuando ella era pequeña, él se acercó y una de sus
espinas le hirió, su sangre entró en ella y desde entonces ya no fueron dos
sino uno, se pertenecieron y latieron con un mismo corazón.

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