martes, 15 de mayo de 2012

Única



La rosa, su rosa, ese tesoro maravilloso que tenía junto a él, no importó que hubiese mil más similares o aparentemente iguales a su rosa, aquella siempre sería única.

¿Qué la hacía tan especial a su mirada?

Ella llevaba en el centro, donde nacían sus pétalos, el tiempo compartido, las miradas intercambiadas, los silencios habitados, ese gastar las horas simplemente en estar junto a quien te enseña a descubrirte y se descubre ante ti.

Su intenso color, era la pasión del amor que infundió cada mirada, que le dio vida, era también el color del alma de quien la soñaba aún en las ausencias, cuando por otros rumbos iba y no la podía ver, ella se alzaba bella, majestuosa, sencilla, verdadera, en sus pensamientos y recuerdos, evocándola, acercándola a su caminar, convirtiéndola en compañera inseparable de sus pasos.

Más una cosa era particularmente especial , distinta de las otras rosas, ella era suya, su sabia se había vertido en su alma y corría con fuerza por sus venas. Cuenta una leyenda que una vez y sólo una vez, cuando ella era pequeña, él se acercó y una de sus espinas le hirió, su sangre entró en ella y desde entonces ya no fueron dos sino uno, se pertenecieron y latieron con un mismo corazón.



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